Desde que estudiábamos la carrera de arquitectura siempre nos sorprendió que todos nos llamásemos «compañeros» (al principio se podía pensar que se trataba de «un rollito universitario de los 80») cuando en el fondo allí ya se competía mucho y, en ocasiones, con muy malas artes. Todavía recordamos a todo un profesor catedrático de una asignatura un tanto extraña de los últimos cursos, cuando un alumno levantó la mano para decirle que no sabía para que servía lo que él nos estaban intentando enseñar, y el profesor le contestó que “si él le contaba lo que realmente sabía mañana iban a competir”. Se montó una morrocotuda. Pudo ser una broma de mal gusto hecha de un profesor a sus alumnos, pero allí ya se respiraba este ambiente.
Sin embargo, el tema de los «compañeros» continuaba cuando ya estábamos en el mercado de trabajo y, en ese momento, ya quedó claro que se trataba de una reminiscencia del pasado (cuando los arquitectos eran muy pocos, se respetaban y se ayudaban como auténticos compañeros), que aún se continuaba utilizando casi de manera burlesca. Desde ese momento (hace ya 20 años), cuántas veces hemos escuchado lo de “compañeros” refiriéndose a otros en forma de crítica, de sátira o de rencor.
No conocemos cómo son las relaciones entre los miembros de todas las profesiones, pero sí que conocemos algunas (médicos y abogados) y en ellas el término “compañero” sí se aplica a su definición más positiva: personas que están unidas por algo y que se ayudan los unos a los otros.
¿Qué queremos decir con todo esto? Pues que los arquitectos, aunque nos sigamos llamando “compañeros” somos, en muchas ocasiones, todo lo contrario a lo que una relación de compañerismo profesional pudiera significar.
– Somos muy competitivos entre nosotros y, precisamente por nuestra falta de preparación en estos asuntos, somos capaces de utilizar malas artes para pasar por encima de algún competidor.
– Somos individualistas y tendemos a hacer las cosas sin contar con los demás y dejando de lado unas mínimas normas de relación comercial. – No sabemos delegar y tendemos a controlarlo todo nosotros ya que no nos fiamos de lo que hagan los demás que trabajan con y para nosotros.
– Somos muy envidiosos con los que triunfan a nuestro alrededor y somos propensos a la denigración y a la crítica fácil, incluso en público, de estos.
– Somos altivos en muchas de nuestras relaciones profesionales y sociales, y la humildad es una asignatura que jamás aprobamos.
Al final todo esto provocó que nuestra posición como profesionales en el mercado fuera llevada a muy baja consideración. Se abarataban los precios con tal de quitarle un proyecto al de al lado, se dejaban de cobrar anteproyectos y se regalaban estudios previos, se usaba el «yo te lo hago más barato», se trabajaba con descuentos del 40% y del 50% respecto a aquel fatídico librito de honorarios, se ponía a parir a la competencia como herramienta comercial habitual, se creía que siempre los demás estaban confundidos, a menudo se perdía dinero cada vez que se trabajaba y, sin embargo, seguíamos creyéndo que éramos los auténticos “reyes del mambo”. Por otro lado, nuestro colegios profesionales sólo preocupados por ellos mismos, sin preparación y muy alejados de la realidad y de sus auténticas funciones. El resultado fue, como no podía ser de otra manera, que el mercado se ha aprovechado de nuestras incoherencias y de nuestra falta de unión, entrando en los estudios como quien va al mercadillo, “si no me gusta el precio me voy al siguiente”. Hoy, dentro de la «tormenta perfecta» en la que nos encontramos, asistimos perplejos a cómo los «compañeros» que aún tienen trabajo intentan contratar a otros arquitectos en condiciones laborables miserables. Jamás vimos esto en otras profesiones.
En fin, éste es el caldo de cultivo que teníamos, creemos que muy acentuado en una generación de arquitectos de entre 35 y 65 años, y por lo tanto será complicado que por si solo nazcan de ahí iniciativas para aunar esfuerzos y crear estructuras potentes. Pensamos que la actual situación de profunda crisis del sector va a hacer que cambie todo esto, hay que ser optimistas, pero sabemos que será una tarea muy difícil, que habrá que trabajar mucho y que sólo los que se embarquen en un proceso de cambio profundo lograrán salir adelante.
Sin embargo, todo esto está bastante erradicado entre los más jóvenes (tal vez los menores de 35 años), en los que, en muchos de ellos, sí hay un clara vocación hacia la asociación de muchos con el objetivo de ser mejores todos, donde la mala competitividad y el individualismo no existe, donde colaboran de manera natural, y donde, sobre todo, son mucho más humildes. Existen entre ellos excelentes profesionales de la arquitectura que, sin embargo, necesitan los conocimientos y las habilidades para construir su proyecto empresarial.
Todo se andará.
